Trasgresión y escándalo en los Carnavales de 1979
Sevilla debe tener Carnavales, pero no bacanales. Unos Carnavales dignos. No una vulgar mariconada. ABC, 15 de febrero de 1979.
La larga tradición carnavalesca sevillana fue cortada de raíz tras el triunfo del golpe de estado contra la legalidad republicana en 1936, abriéndose un paréntesis de más de cuarenta años durante los cuales Sevilla no pudo organizar su tradicional carnaval.
A mediados de los años 70, un grupo de personas promovieron un mercadillo los domingos en la Alameda, entre las que se encontraba, entre otros, Julián Gamito, José Luis Aguado, pintor, y los Pepes (también conocidos por los “Jose”) una pareja de anticuarios. En aquella “hermandad” dominical germinó la idea de promover de nuevo los carnavales, esta vez en la Alameda, zona “bohemia” de la ciudad que aún no había sido devastada por la introducción de la heroína, cosa que ocurriría ya en los 80.
De allí se constituyó una suerte de comité organizador (“heterogénea comisión organizadora” la denominó el periódico EL MUNDO en 2014) integrada, entre otros, por los citados Julián Gamito, José Luis Aguado, y los Pepes, además de Antonio Campillo, los Manolos (la pareja que gestionaba la casa ocupada de la calle Joaquín Costa conocida como Teatrillo Real), entre otras personas.
Hubo un primer intento para los carnavales de 1978, que no llegó a fructificar por las resistencias políticas y sociales de la Sevilla de la época. Y fue al año siguiente, en 1979, cuando por fin se pudo retomar esa tradición festiva con un carnaval, tras superar un número increíble de obstáculos, desde meteorológicos hasta políticos, como fue la prohibición gubernativa.
Previsto para principios de marzo de 1979, su cercanía con las elecciones generales, que se celebrarían el jueves 1 de marzo, hacía dudar al Gobierno sobre la idoneidad de su autorización. Pero la recogida de firmas, que alcanzaron el increíble número de 10.000, forzó políticamente al gobernador civil, Luis Fernández y Fernández-Madrid (un fraguista proveniente del Ministerio de Información y Turismo, donde había tenido responsabilidades sobre la censura) a autorizarla.
Además, los actos previstos para los fines de semanas de febrero para promocionar los carnavales, como marchas en bici, sufrieron las intensas lluvias de aquel “febrerillo el loco” como llegó a afirmar un “plumilla” de ABC.
El cartel, impreso con el fin de vender ejemplares y financiar de esta forma la celebración junto la elección de Ocaña como pregonero del Carnaval, fue lo que motivó el rechazo de la “sevillanía”.
Esto explica la Nota de la Redacción que ABC publicó en su edición de 15 de febrero de 1979, en la que afirmaba
Nada habría que objetar a la lúdica iniciativa de resucitar los tradicionales Carnavales sevillanos, que muchos recuerdan con nostalgia y alegría, si en el anuncio de estos actos no se adivinara que poco menos se intenta hacer un despliegue “gay” como ahora llaman a estas cuestiones. Los “gays” nos merecen todo respeto, como cualesquiera otros sevillanos, pero las cosas pueden rodar de forma que el Carnaval se convierta en una bacanal de la Alameda si el señor Ocaña sólo realiza en público la mitad de los actos con que apareció en su polémica película. Los sevillanos tienen ante sí una delicada cuestión: o podemos resucitar el Carnaval, como han hecho con derecho y mérito Cádiz y Santa Cruz de Tenerife, Trebujena e Isla Cristina, o podemos impedir que sea algo popular, espontáneo, interclasista, tolerante, abierto a todos. Ojalá nos equivoquemos, pero lo que quieren organizar en la Alameda se dice sevillanamente con una palabra muy fuerte. Y entonces daremos un pretexto más a los que afirman que bien muerto está el Carnaval. Lo cual no es cierto: Sevilla debe tener Carnavales, pero no bacanales. Unos Carnavales dignos. No una vulgar mariconada.
Esta furibunda reacción, llevaría al Gobernador Civil a retirar su apoyo y prohibir los actos, aunque dicha prohibición fuese ignorada por los organizadores, con gran indignación por parte de la prensa conservadora sevillana.
El carnaval de 1979
Y es que, a pesar de todo, aquel marzo de 1979 el carnaval de Sevilla se celebró como habían previsto sus organizadores.
El programa era el siguiente:
Para el sábado 3 de marzo, a las 18:00 h (6 P.M. recoge el cartel), tenía lugar el pregón a cargo de Ocaña y la coronación de la Reina de los Carnavales. El cantillanero-barcelonés llegó a Sevilla en avión, quien fue recibido en el aeropuerto por, entre otros, Nazario y Jerónimo. Y llegó a la Alameda en una carroza, tocada de una enorme pamela.
A las 19:00 h., tenía lugar el desfile de murgas, comparsas y tunas, que desbordaba la propia Alameda ya que, partiendo de ella, el desfile seguía por calle Trajano hasta Duque y Campaña, regresando por Amor de Dios.
A las 23:00 h, se quemó el Muñeco del Carnaval, y a las 00:00 h, se inició el Gran Baile de Máscaras, organizado por la Asociación de Vecinos, con los grupos musicales Triana, Veneno y Hermanos Calleja, en los locales de CC.OO. de la calle Calatrava, donde el 25 de junio de año anterior se había celebrado el mitin previo a la primera manifestación homosexual de Andalucía.
Ese baile, como advertía el programa, duró toda la noche, hasta las 08:00 h de la mañana, cuando tras una “Alegre Diana al son de tambores” los participantes tomaron chocolate con churros.
A las 11:00 h, el carnaval llenó la Alameda con concursos, bailes, etc. Y a la hora de almorzar, el grueso de la celebración se trasladó a los jardines de Chapina, donde se organizó una “tortillá” que cada participante debía llevar de casa.
Y ya por la tarde, a las 20:00 h se despedía a la Reina del Carnaval y a Ocaña, que abandonaron Chapina en una barca.
Para muchos de los que vivieron aquel carnaval, fue realmente el punto de inflexión de aquella Sevilla gris del franquismo a un movimiento arrollador que tuvo continuación con los primeros gobiernos democráticos del Ayuntamiento de Sevilla, cuando en mayo de 1979 llegó a la alcaldía Luis Uruñuela y en 1983, Manuel del Valle.
La celebración del carnaval, y las previsibles “mariconadas” de Ocaña, molestó especialmente a ABC cuando publicó, como Nota de la Redacción en su edición del 6 de marzo, que
A pesar de la prohibición de las autoridades, el sábado la Alameda se llenó de gentes, que sacaron sus disfraces en busca de unas horas de expansión. ABC Denunció en su día (ver viernes día 2 y domingo día 4) lo que se escondía detrás de esta falsa resurrección de una tradición popular. Sin embargo, los sevillanos supieron ponerse por encima de las circunstancias, y a excepción de los grupos de travestis y “pasotas” hicieron suyo, transformándolo, el incipiente conato de carnaval de los automarginados. Trato especial merece el señor Ocaña y su corte de “gays” que recorrieron la ciudad en una auténtica provocación, trasladando su comparsa el domingo a los jardines de Chapina. Con todo, si nadie es capaz de hacer cumplir una orden de prohibición, ¿a quiénes deberán pedir responsabilidades los ciudadanos?
Y es que, sin duda, el carnaval de 1979 se convirtió en la mayor expresión de las ganas de cambio en aquella Sevilla provinciana y pacata, que luchaba por recibir una bocanada del aire fresco, el cual apenas llegaba al sur de la península desde la lejana frontera de los Pirineos.
Un carnaval que supuso un antes y un después en la vida cultural y social de la ciudad y de las personas homosexuales, que se consolidaría a partir de las elecciones municipales de mayo de 1979 con la gestión de los primeros gobiernos municipales de la Democracia. La Sevilla del cardenal Segura comenzaba a quedar atrás.
El cartel del Carnaval sevillano de 1979
Tras la gran movilización del 4 de diciembre de 1977 a favor de la Autonomía de Andalucía, en abril de 1978 se concedió la preautonomía por parte del Gobierno de Suárez. Por eso, en 1979, la región en general, y Sevilla en particular, vivía un gran fervor autonomista y andalucista.
Andalucía recuperaba los símbolos promovidos por Blas Infante Pérez, más tarde designado como Padre de la Patria Andalucía por el constituido Parlamento de Andalucía: la bandera verdiblanca, el himno (Andaluces, levantaos…) y el escudo, aprobado por la Asamblea Andalucista de Ronda en 1918, en la que se afirmó que
Símbolo también adecuado para la expresada obra de restaurar un País, siempre cultural; figurando un Hércules juvenil, expresión de la fuerza eternamente joven del espíritu, domando o coordinando la fuerza instintiva de los estímulos animales representada por dos leones; e inscribiendo al pie del escudo esta leyenda: «ANDALUCÍA, POR SÍ PARA ESPAÑA Y LA HUMANIDAD»
Por eso, la parodia del cartel, en el que el Hércules juvenil se convertía en una figura afeminada tocada de peineta, sosteniendo un abanico, y en el que los fieros y sometidos leones se convertían en perros (sarnosos, llegó a afirmarse en 1979) uno de los cuales se rasca la oreja con la pata trasera, fue recibida con gran indignación no sólo por parte de las derechas, sino también por el nacionalismo andaluz e incluso fuerzas políticas de izquierda que habían liderado el proceso pre-autonómico.
También hay que señalar las fechas que aparecen en el cartel: 1936, último Carnaval celebrado antes de la Guerra Civil; y 1979, cuando se retomaba el Carnaval tras la Dictadura.
José Julio Ruiz Benavides.
José Julio Ruiz Benavides fotógrafo comenzó su actividad como fotógrafo cuando era estudiante universitario de Filosofía y Letras, durante los últimos años de la dictadura y los de la transición democrática. Desde el inició de su actividad mostró una especial sensibilidad tanto hacia los problemas sociales como hacia las diferentes fuerzas prodemocráticas que tuvieron protagonismo durante esos años: movimiento obrero, estudiantil, partidos políticos, asociaciones pro derechos humanos y un largo etcétera. A partir de una primera colaboración con el periódico El Correo de Andalucía, surgieron otras en diversas revistas que aparecieron en ésta época, como La Ilustración Regional, Tierras del Sur, Torneo, Cambio 16, La Calle o Realidad: órgano de las CCOO de Sevilla.

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